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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Ágora: proletarios contra el trabajo |
| Extractos traducidos de: «La Guerre sociale., núm. 1. 2, rue de Wurtz, 75013 - París (Francia). (El texto completo ha sido difundido en Italia por el Centro Documentazione.) La reorganización estructural de la sociedad capitalista que camina al paso de las innovaciones tecnológicas, la mecanización o la automatización del trabajo en el proceso de producción, en el campo de la gestión social del capital, han modificado profundamente el rostro de la clase obrera trastornando sus perspectivas y condicionándola cada vez más al Capital. La organización científica del trabajo, que empobrece las actividades terminando con aislar al trabajador en el proceso de producción, ha provocado un fenómeno de fuga del trabajo, cuyos efectos se comienzan a sentir a partir de los años 60. Así, las formas de no-colaboración con el trabajo, alcanzan tal vez dimensiones inquietantes para la dirección y para los sindicatos. Los sabotajes, ritmos lentos y gastos deliberados, pueden ser considerados como -normales-, inevitables, en situaciones en las que los métodos de trabajo son rechazados y los empresarios despreciados. Estos comportamientos aparecen como simples «síntomas», y dan lugar a todo tipo de diagnosis tendentes a permitir algunos «reajustes en las formas de dominación capitalista. Pero cuando la hostilidad a la jerarquía y al trabajo se cristaliza y se organiza revelando el aspecto colectivo de los sabotajes y del absentismo, éstos, de manifestaciones molestas de la voluntad de vivir de los proletarios, pasan a ser expresiones peligrosas de su propia combatividad. Anuncian la recomposición de la lucha de clases moderna. Y ésta aparece como una lucha contra el trabajo. La agonía de la ideología del trabajo, socialista o no, las angustias provocadas por la perspectiva de una vida de esclavos, se manifiestan con una serie de comportamientos sociales caracterizados por la supervivencia o por la aparición de varios modos de subsistencia extra-salariales. El rechazo del trabajo separado, de sus constricciones, se encuentra posiblemente presente en los residuos arcaicos de ciertas formas del artesanado o del movimiento por una vuelta a la tierra- que siguen ciertos sectores de la juventud urbana. El disgusto general hacia el trabajo, junto con el aumento del paro, ha conducido a muchos jóvenes a optar por unas rentas y modos de vida extra-salariales que se acercan a la «delicuencia». Aunque no forman una masa homogénea, consideran, en su conjunto, el trabajo asalariado como última y penosa solución a la que sólo consienten dedicarse como mucho intermitentemente. Sus inclinaciones a reagruparse en bandas y a rechazar con sus actos la mayor parte de los criterios ideológicos dominantes indican una tendencia real a la superación de los modos de vida alienados. Estos rechazos, estas reacciones, lejos de ser actos de una revuelta sin importancia, síntomas bizarros de una enfermedad social para la que no se saben los remedios, tienen de hecho contenido revolucionario. Incluso cuando sus autores están desprovistos de toda voluntad «consciente» de transformación social. La revolución no es el fruto de una conciencia política, de la comprensión de la injusticia, como creen los curas y los militantes. Es, por el contrario, el desarrollo de acciones y comportamientos subversivos, la reacción a la contrarrevolución que suscitan y llaman conciencia revolucionaria, en cuanto conciencia práctica y no en cuanto cobertura ideológica. Son movimientos que revelan esencialmente el contenido de una nueva oleada de ataque contra el sistema. Estos comportamientos latentes y generalizados, marginales y criminales, que existen soterradamente o que tienen explosiones abiertas, manifiestan la incapacidad del proletariado de afirmarse en cuanto comunista; la incapacidad de romper con la organización burocrática del movimiento obrero y con sus formas de lucha caducas; la incapacidad de tener iniciativa para acciones que no sean simples reacciones. Así, el proletariado ha perdido definitivamente la necesidad y la voluntad de tomar el control del modelo de producción capitalista. En una perspectiva comunista, los proletarios no deben apropiarse de unos sectores de actividades sociales tales o cuales, sino que deben disolverlos. Estos no son otra cosa que los medios de dominación capitalista. El proletario, perpetuándose como valor de uso/fuerza de trabajo al servicio de la Hacienda (privada, estatal, autogestionada...) no haría otra cosa más que perpetuar implícitamente la supremacía del valor de cambio, continuando la producción. Para afirmarse como comunidad humana, debe negarse directamente como proletariado. Esta es la tendencia que se delinea en el rechazo del trabajo y en el desprecio por los «pasatiempos» impuestos.
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